Entrevista con Daniele Scalea: «El desafío total» (Stefano Grazioli)

Fuente: Eurasia Online, 26 Mayo 2010

 

Muchos hablan y escriben sobre geopolítica, pocos entienden realmente algo. Daniele Scalea es uno de éstos. Joven, 25 años, licenciado en Ciencias Históricas por la Universidad de Milán, Daniele Scalea, que participa desde hace años en la redacción de Eurasia, ha debutado con una obra de gran profundidad, demostrando que las orillas del lago Mayor (vive en Cannobio) pueden ser un observatorio privilegiado para comprender y explicar los acontecimientos del mundo que nos rodea. No soy sólo yo quien lo afirma, sino también el general Fabio Mini, que ha escrito el preámbulo del nuevo libro de Daniele.El general Mini explica “Podemos decir con seguridad que Daniele Scalea ha escrito un tratado de alta geopolítica. Ha descrito el mundo actual tratando de interpretarlo a la luz de las teorías clásicas de la geopolítica, confirmando, por si fuera necesario, su validez metodológica. Ha tomado como objeto de examen todos los principales actores mundiales, aportando una visión apasionada. No hay nada más que decir.”


Invirtamos la botella y comencemos desde el fondo. Usted concluye su libro diciendo que el nacimiento del Nuevo Mundo, o al menos la reestructuración geopolítica del antiguo, podría ser extremadamente complicado. Esencialmente, que la transición de un sistema semiunipolar a uno multipolar podría inducir dolorosas fricciones debidas al hecho de que la potencia hegemónica –Estados Unidos– opondrá resistencia a la pérdida de su poder. ¿El “desafío total” tiene ya tiene ganadores y perdedores?

La tendencia histórica de la posguerra fría va contra Estados Unidos. En los años 90, la geopolítica mundial experimentó un “momento unipolar”, y todo parecía moverse en la dirección correcta, desde la perspectiva de Washington. Pero ya se estaba incubando lo que vendría después. La última década ha visto la aparición, en los ámbitos económico, estratégico y también político, de auténticos competidores de la “única superpotencia realmente existente.” Me refiero sobre todo a China y Rusia, pero también merecen mencionarse India, Brasil y Japón. El sueño del “fin de la historia” se ha desvanecido. EE.UU. realizó, bajo Bush, un último intento brutal para mantener su supremacía indiscutible: el proyecto de “guerra sin fin”, que iba a aniquilar como una apisonadora todos sus posibles enemigos y competidores, pero se han estancado en los dos primeros obstáculos hallados, a saber, Afganistán e Iraq. El orden mundial actual es semiunipolar, con Estados Unidos todavía como primera potencia hegemónica, pero más por la cautela de sus rivales que por su poder y autoridad. La crisis financiera de 2008 salió de EE.UU. e hizo parcialmente añicos el orden económico en que descansa en gran parte el poderío de Washington. Todo permite suponer que se materializará un retorno a un orden real multipolar, y ésta es también mi previsión.

Pero… como suele suceder, hay un “pero”. Uno de los errores más comunes de nuestro tiempo es percibir las tendencias, como factores fijos e inmutables, cuando en realidad son contingentes. Como sostenía Hume, los seres humanos se inclinan a creer en lo que estamos acostumbrados a ver, o sea, a dar carácter absoluto a lo contingente. Pero la reversión de la tendencia es siempre posible. Estados Unidos no ha aceptado, y difícilmente aceptará, el papel de potencia hegemónica en declive. A menos que se produzcan implosiones internas del tipo previsto por Igor Panarin, serán capaces de oponer resistencia; y siguen teniendo muchas flechas en su arco, si no para bloquear al menos frenar la transición a un mundo multipolar: recordemos, entre los principales, el poderoso instrumento militar (con frecuentes fallos, pero cuya capacidad de proyección global no tiene rival), la hegemonía del dólar (Henry Liu), la centralidad del sistema financiero, la influencia cultural. Ya sabemos cómo, el siglo pasado, fue impugnado el dominio de las talasocracias anglosajonas por el Reich alemán y después por la Unión Soviética, y todos sabemos cómo acabó. Mejor no vender la piel del oso –las plumas del águila, para ser más precisos en la alegoría zoológica– antes de matarlo. Es cierto, sin embargo, que los EE.UU. de principios del siglo XXI parecen sólo una pálida copia de la superpotencia del siglo XX: gran parte de su grandeza proviene de la herencia de las generaciones pasadas, y cuando han de defenderla no parecen estar a la altura de su rango sin par.

Vayamos ahora al principio, a hurgar un poco en el pasado. ¿Puedes sintetizar el concepto de “ataque al corazón de la Tierra” –el Heartland–, que Estados Unidos basa en cuatro aspectos (subversión política, expansión militar, recursos energéticos, supremacía nuclear)?

La estrategia estadounidense, al menos a partir de los últimos años de la XX Guerra Mundial (y quizá antes), está fuertemente inspirada en los principios de la geopolítica. El Heartland definido por Halford Mackinder, es una de las categorías básicas de esta disciplina: es la Tierra-corazón, el centro del continente euroasiático, históricamente impermeable a las potencias marítimas, estas últimas encarnadas primero por el Imperio Británico y luego por el imperialismo “informal” de Estados Unidos. El Heartland está ocupado por Rusia, que representa por lo tanto el principal obstáculo y una amenaza potencial a la hegemonía de la potencia talasocrática, es decir, marítima, de EE.UU. Desde el final de la Guerra Fría hasta la actualidad, Washington y Moscú han intentado en repetidas ocasiones realizar acercamientos amistosos, pero todos terminaron mal. A la política de claudicación de Yeltsin respondió con el desmembramiento de Yugoslavia, y los rusos reaccionaron llevando al Kremlin a un tal Vladimir Putin. La apertura de éste tras el 11 de septiembre se vio recompensada con una penetración de EE.UU. en Asia Central, el “patio trasero” de Rusia. El romance actual, recentísimo, entre Obama y Medvedev no durará mucho tiempo. No hay que dejarse llevar por el determinismo, pero la geografía es un factor importante en los asuntos humanos, y en este caso la geografía condena a Rusia y EE.UU. a ser, al menos en el escenario actual, casi siempre enemigos.

Desde los años 90 hasta hoy Washington, siguiendo teorías como las de Zbigniew Brzezinski, lejos de relajar su presión sobre Moscú, ha intentado explotar el colapso de la URSS para neutralizar la amenaza permanente de Rusia. Las directrices de ataque son cuatro, como usted ha señalado:

a) la subversión política: a través de la CIA, de entes públicos o semipúblicos, como la National Endowment for Democracy, USAID o de supuestas ONG, EE.UU. ha orquestado una serie de golpes de estado en la antigua zona de influencia de Moscú, con objeto de instalar gobiernos proatlantistas y rusófobos, en la medida de lo posible. Los casos más conocidos han sido Serbia, Georgia, Ucrania y Kirguistán. Lo intentaron incluso en Bielorrusia y Rusia (véase Kasparov), pero no les fue bien. Los gobiernos locales se han dado cuenta de la situación, y han comenzado a poner restricciones a las actividades de las organizaciones extranjeras en sus países. Los recientes acontecimientos en Ucrania y Kirguistán sugieren que la ola de “revoluciones de colores” está en reflujo;

b) la expansión militar: la OTAN podría ser descrita como la alianza que vincula a la potencia hegemónica a sus países subordinados. No es cualitativamente diferente de la Liga de Delos, dirigida por Atenas, o de las diversas alianzas itálicas de Roma. Ciertamente, no es una alianza entre iguales. Nacida con una función antisoviética, la disolución de la URSS no sólo no supuso su liquidación sino que se ha expandido hacia el Este hasta las fronteras de Rusia. La nueva doctrina militar de Rusia menciona específicamente a la OTAN entre las amenazas para el país;

c) los recursos energéticos: una poderosa palanca estratégica para Rusia la constituye su papel central en el comercio energético dentro de Eurasia. Estados Unidos ha tratado de disminuirla haciendo de Asia Central un competidor de Moscú, mediante gasoductos y oleoductos alternativos que evitan el territorio de Rusia. La incapacidad para construir la conducción transafgana, el reducido impacto del ducto BTC y la posible quiebra del Nabucco demuestran que el proyecto, al menos por ahora, no ha tenido éxito;

d) la supremacía nuclear: es un punto a menudo ignorado por los comentaristas occidentales. Se define como supremacía nuclear la capacidad de un estado para ganar una guerra nuclear sin sufrir daños excesivos, es decir, de lanzar un primer golpe (first strike) y detener después la represalia subsiguiente. Cuando se dispone de los miles de ojivas y misiles nucleares que tiene EE.UU., es fácil aniquilar a un rival mediante una guerra atómica. El gran problema es ser capaz de evitar ser destruido, a su vez, si el enemigo, como Rusia, dispone de miles de armas nucleares con las que responder. He aquí, por consiguiente, la idea del escudo antimisiles antibalísticos (ABM) soñado por Reagan, revivido por Bush y en absoluto abandonado por Obama, que seguirá siendo durante mucho tiempo un importante contencioso entre Moscú y Washington. De hecho, el Kremlin no se cree el cuento de que el escudo el ABM esté dirigido contra Irán y Corea del Norte, y en mi libro explico en detalle el porqué.

Se centra usted mucho en la política exterior de EE.UU. de última década, diseccionando las diferencias entre idealistas y realistas en la Casa Blanca. ¿Qué ha cambiado con la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca?

Muchas cosas, pero probablemente menos de las que podrían haber cambiado si no hubiera existido la crisis financiera de 2008. Obama fue el portador de una alternativa geoestrategia a la de los neoconservadores, menos centrada en Oriente Próximo y más atenta a los equilibrios globales en conjunto. Incluía también una estrategia no declarada de lucha contra Rusia de tipo “brzezinskiano”. La distensión misma con Irán estaba y está concebida principalmente para dirigir a la potencia persa contra Moscú en funciones de contención del flanco sur.

Huelga decir que la crisis ha trastocado los planes. EE.UU. se encontró con el agua al cuello, y Obama se contentó con tratar de salvar la supremacía mundial. El ideologismo de Bush ha sido sustituido por un poco de sana realpolitik, y la amenaza y el uso de la fuerza militar están ahora suavizados por el uso de la diplomacia como vía preferente. Pero esto no es suficiente. Washington ha entendido que no puede conseguir todo solo, y está tratando de cooptar a algunas grandes potencias como muletas de su propia hegemonía. Al principio, Obama intentó formar el famoso G-2 con China, pero pronto la tensión comenzó a subir, y ahora Washington y Pekín se observan con una hostilidad no vista en las últimas décadas. Así, Obama ha dirigido su punto de mira hacia China, y se ha aproximado a Rusia. El leviatán talasocrático y el mastodonte tellurocratico ya se han encontrado uno al lado del otro contra un poder del Rimland, es decir, del margen continental de Eurasia (me refiero a la Alemania del siglo pasado), pero no creo que esto se repita hoy. La superpotencia estadounidense fue capaz de cooptar a la Rusia de Yeltsin y del Putin de los comienzos, pero su excesiva avidez de poder terminó por alejarla. Hoy en día sigue siendo la potencia hegemónica, y por lo tanto suscita envidia y hostilidad, pero es una hegemonía coja, y ya no da las mismas ventajas del pasado. Aliarse con alguien que te utiliza como muleta de su poder debilitado no es ya una perspectiva tan atractiva. El Kremlin tomará por otros caminos y sólo cuando EE.UU. se haya reducido a la categoría de potencia inter pares, entonces podrá volver a discutir de alianzas estratégicas.

El 8 de diciembre 1991, los presidentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia, reunidos en Brest, proclamaron la disolución de la Unión Soviética. Gorbachov se vio obligado a aceptar contra su voluntad. El ex presidente ruso Vladimir Putin, ahora primer ministro, dijo que la disolución de la URSS ha sido la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX. ¿Está de acuerdo?

El término catástrofe implica un juicio de valor, y por lo tanto es subjetivo. Al respecto, no hay duda de que el colapso de la URSS, es decir, la potencia terrestre del Heartland que contenía a la superpotencia marítima, fue un acontecimiento trascendental. Y desde el punto de vista de los rusos, sólo puede calificarse de catastrófica. Pero no sólo para ellos. El colapso de la represa soviética –un dique criticado y polémico hasta decir basta– abrió el camino a los intentos hegemónicos de EE.UU., con sus añadidos de abusos y guerras. Para los estadounidenses la desintegración de la URSS fue un éxito; para los polacos una bendición; para los cubanos, sirios o palestinos, una desgracia.

Vladimir Putin ha significado, entre luces y sombras, el símbolo del retorno de Rusia al Gran Tablero de Ajedrez. Usted escribe que la doctrina Putin se puede interpretar como un realismo a la salsa rusa, fundada en la astuta textura de las alianzas intracontinentales con China, India, Irán, Turquía y Europa Occidental. ¿Es decir…?

He recogido de Tiberio Graziani, director de Eurasia, la definición que usted cita. En Rusia, después de la caída del comunismo surgieron dos visiones ideológicas: la eurasiática, que ve en Estados Unidos al enemigo histórico que hay que combatir a toda costa; y la occidentalista, que ve en Occidente el benjamín al que hay que emular por todos los medios. La doctrina Putin va más allá de estos esquemas, y se coloca a medio camino entre los extremistas de ambos bandos. Adopta un lenguaje y unos formalismos caros a los occidentales, y ha considerado por mucho tiempo una prioridad las relaciones con Europa y EE.UU. Pero nunca ha sido sumiso ni se da por vencido, nunca ha renunciado a defender el papel de Rusia en el mundo y su propio espacio vital, el Heartland. Cuando llegó a la conclusión de que con Washington no había lugar para el diálogo, se volvió hacia otras partes. Las alianzas intracontinentales que usted menciona sirven para crear un segundo anillo de seguridad (el primero debe ser el exterior más cercano) en torno a Rusia. El objetivo último es excluir a la talasocracia, es decir EE.UU., de toda la masa continental eurasiática, con el fin de conseguir la seguridad permanente de Rusia.

Según Parag Khanna de los “tres imperios” del nuevo mundo multipolar serían EE.UU., China y la Unión Europea, mientras que Rusia formaría parte del “segundo mundo”. Usted no está de acuerdo. ¿Por qué?

Porque la visión de Parag Khanna se basa principalmente en evaluaciones de tipo económico y en sus propias simpatías personales. La economía es importante, pero no revela todo. Por ejemplo, la Unión Europea, como se sabe, es un gigante económico pero un enano político. Tampoco es un estado, sino una mezcolanza de estados nacionales que, como los acontecimientos actuales están demostrando, en medio de la tormenta prefieren pensar en sus propios intereses. Rusia tiene un ingente patrimonio geopolítico, en términos geográficos, militares y energéticos, con los que desempeñar un papel muy eficaz en el escenario mundial. Moscú sigue estando en el centro de la política internacional; considerarlo como el “segundo mundo” no está justificado.

No obstante, China es y será uno de los líderes de este siglo, y en torno al papel de Pekín se juega, obviamente, el futuro de Washington. Tomo sus palabras: “Para EE.UU., la contención de China debería realizarse con la ayuda de dos “perros guardianes”: India y Japón. ¿Es cierto que Nueva Delhi y Tokio están realmente dispuestos a cumplir el papel que Washington querría asignarles, o bien preferirían unirse a Pekín para crear una “esfera de coprosperidad” asiática?

Es un dilema aún no resuelto. India parecía estar más cerca a China hace unos años, y los profesionales del género comenzaron a utilizar el término “Chindia”. Por el contrario, Japón, que hace unos años parecía ser un irreconciliable enemigo de Pekín, hoy está aproximándose. La situación es fluida y difícil de descifrar, pero la sensación es que Nueva Delhi y Tokio intentarán conocer al ganador: esperarán hasta saber con certeza quién va a ganar entre China y EE.UU., y sólo entonces apostarán todo al caballo ganador.

Por último, desplacémonos a otro ámbito del extranjero, en el que los grandes actores son siempre los mismos. En su libro, escribe usted que Obama parece decidido a recuperar su influencia sobre el “patio trasero”, por cualquier medio. Rusia y China, sin embargo, ofrecen un cauce diplomático a las nuevas potencias emergentes como Brasil y Venezuela. ¿Los conflictos futuros están ya programados?

América del Sur ha sido históricamente una zona muy tranquila. Pero esto se debe también a su historia de marginalidad en el marco geopolítico, y a la hegemonía indiscutible durante mucho tiempo de EE.UU. Estos dos factores están perdiendo importancia. En América del Sur está surgiendo una gran potencia mundial – Brasil– mientras que el control estadounidense del “patio trasero” se ha visto seriamente erosionado. China y Rusia se burlan de la Doctrina Monroe, piedra angular de la estrategia de EE.UU. desde hace dos siglos. Washington pasará a la acción, o mejor dicho, a la reacción, y no sabemos aún qué herramienta elegirá.

¿Mayor integración económica? El ALCA ha sido rechazado por casi todos los países de América del Sur.

¿Lazos militares? En América del Sur, Rusia ya supera a EE.UU. en la exportación de armas.

¿Influencia cultural? El sentimiento antiestadounidense, enraizado en la tradición, alcanza en niveles históricos, y el despertar de la comunidad indígena conduce a un redescubrimiento de su patrimonio más arcaico, en lugar de adoptar el estilo de vida americano.

¿Golpes de estado? En Venezuela lo intentaron, pero fue un fracaso; un pez mucho más pequeño, Honduras, ha caído en la red, pero se encuentra casi totalmente aislado de la región.

¿Guerras por delegación? Los países de América del Sur son extremadamente reacios a ir a la guerra entre sí, aunque sólo sea porque todos ellos son inestables internamente, y temen graves consecuencias en el interior. En torno a Colombia la tensión va en aumento, y mucho dependerá de las próximas elecciones presidenciales. Santos recuerda en algunos aspectos a Saakashvili: es un exaltado, con él todo es posible. Mockus, por el contrario, busca el entendimiento con sus vecinos y aflojar los lazos con EE.UU. En cualquier caso, para Bogotá sería un movimiento por lo menos arriesgado ir a la guerra con sus vecinos, cuando ni siquiera controla su propio territorio nacional.

¿Guerras en primera persona? A descartar, al menos mientras las tropas estadounidenses sigan empantanadas en Iraq y Afganistán. E incluso después de haber evacuado estos dos países del Oriente Próximo, la experiencia tendrá un impacto negativo en la propensión a la guerra en los próximos años. No cabe duda de que no son eventos traumáticos como Vietnam –por la participación de soldados profesionales, en lugar ciudadanos reclutados a la fuerza– pero el país está desmoralizado y las arcas vacías. Por otra parte, los países de América del Sur se están integrando: atacar a uno echaría a perder las relaciones con todos.

Por estas razones, creo que en los próximos años Washington se limitará, simplemente, a subvencionar y “vender” en los medios de comunicación a sus paladines locales: ya lo está haciendo en Brasil, aunque difícilmente el Partido de los Trabajadores de Lula será expulsado del poder. En alguna “república bananera” centroamericana podrán también organizar un golpe de estado, pero el arma tradicional estadounidense de influencia sobre los vecinos del Sur está perdiendo cada vez más fuerza.

La pérdida de la hegemonía en el continente americano representa un punto de inflexión para EE.UU. y la geopolítica mundial. Estados Unidos de América, potencia continental, ha podido inventarse a sí misma como potencia marítima al contar con el aislamiento que le confería la ausencia de enemigos en el continente: desde finales del siglo XIX han sido por tanto capaces de proyectarse con seguridad por los océanos y más allá de sí mismos. Con la aparición de fuertes rivales en las Américas, EE.UU. perdería una de sus ventajas estratégicas históricas: dejar de ser una “isla” geopolítica y volver a ser una potencia continental.

¿Cuáles son estos rivales que Estados Unidos puede encontrar en el continente? Es fácil de responder que Brasil, por encima de todos, por su dimensión y población, que le permiten desafiar la supremacía de Washington en el hemisferio occidental. Es fácil hacer referencia al “bloque bolivariano”, países que individualmente son débiles, pero que si llegaran a unirse, fortalecidos por la vehemencia ideológica, crearían muchos problemas a los gringos, como ellos los llaman. Y no olvidemos a México, un país muy grande, que comparte frontera con EE.UU. y cultiva –aunque silenciosamente– históricas reivindicaciones territoriales sobre el sur de los Estados Unidos. Su economía está creciendo rápidamente, y en pocos años se considerará una gran potencia, al menos en este ámbito. Tiene dificultades para controlar la parte norte del país, pero es la menos poblada y más pobre. Por otra parte tiene un arma atípica. Samuel Huntington, poco antes de su muerte, hizo una advertencia a sus compatriotas: deberían estar atentos al enorme incremento en el número de latinos –en su mayoría mexicanos– en Estados Unidos. Los latinos se concentran en unos pocos estados: California, Texas, Arizona, Nuevo México e incluso Florida (se trata de cubanos y puertorriqueños). Vienen en masa y tienden a preservar su lengua, religión y forma de vida. Ya han adquirido un peso electoral significativo, pero en su mayoría no están integrados en la sociedad estadounidense. En el Sur, los cárteles del tráfico de drogas ya han creado verdaderos estados dentro del Estado, que se enseñorean en los barrios latinos, son capaces de financiarse mediante el tráfico ilícito de drogas y la prostitución, y tienen verdaderos ejércitos armados hasta los dientes. Un sujeto ideal para llevar a cabo una guerra asimétrica, si llegasen a crearse las condiciones. Estos cárteles de la droga tienen el mismo poder al otro lado de la frontera norte de México, y cuentan también con importantes colusiones con las autoridades de Ciudad de México. No es casual que en EE.UU. desde hace algunos años están tratando de frenar la inmigración y la integración de los latinos en la sociedad, mientras que en México no hacen nada para disuadir a sus ciudadanos de expatriarse a tierras que el vecino del Norte robó a México hace ciento cincuenta años. La situación es explosiva, y algunos analistas, como George Friedman, se han dado cuenta.

Gracias por la entrevista.

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La Sfida Totale. Intervista a Daniele Scalea (di Stefano Grazioli)

Tratto da East Side Report, 17 maggio 2010. Intervista di Stefano Grazioli a Daniele Scalea

Tanti parlano e scrivono di geopolitica, pochi ne capiscono davvero qualcosa. Daniele Scalea è uno di questi. Giovane, 25 anni e una laurea in Scienze storiche alla Statale di Milano, Daniele Scalea – che già da qualche anno é nella redazione di Eurasia –  ha esordito con un opera di grande spessore (un assaggio sul sito), dimostrando che le sponde del Lago Maggiore (vive a Cannobio) possono diventare un osservatorio privilegiato per capire e spiegare le vicende del Mondo che ci circonda. A confermarlo non sono tanto io, quanto chi ha scritto la prefazione del nuovo libro di Daniele, “La sfida totale – Equilibri e strategie nel grande gioco delle potenze mondiali” (Fuoco Edizioni), e cioè il generale Fabio Mini, uno che ne capisce: “Si potrebbe tranquillamente dire che Daniele Scalea ha scritto un trattato di alta Geopolitica. Ha descritto il mondo attuale cercando di interpretarlo alla luce delle teorie classiche della Geopolitica confermandone, e ce n’era bisogno, la validità metodologica. Ha preso in esame tutti i grandi attori mondiali e dopo una panoramica appassionata, non c’è nient’altro da dire”.

Ecco, non aggiungo altro nemmeno io. Consiglio solo di correre in libreria o ordinare il libro via internet direttamente dall’editore. E di leggere con attenzione la lunga  intervista che gentilmente che l’autore ci ha concesso.

 

Rovesciamo la bottiglia e partiamo dal fondo. Lei conclude il suo libro scrivendo che la nascita del Nuovo Mondo, o perlomeno la ristrutturazione geopolitica di quello vecchio, potrebbe essere oltremodo complicata: in sostanza il passaggio da un sistema semi-unipolare a uno multipolare rischia di produrre dolorose frizioni dovute al fatto che la potenza egemone – gli Stati Uniti – opporrà resistenza alla perdita del proprio potere. La “sfida totale” ha già vincitori e vinti?

La tendenza storica del post-Guerra Fredda marcia contro gli USA. Negli anni ’90 la geopolitica mondiale ha vissuto il suo “momento unipolare”, e tutto sembrava girare per il verso giusto, dalla prospettiva di Washington. Ma già si covava quanto sarebbe venuto. L’ultimo decennio ha visto l’emergere a livello economico, strategico ed infine anche politico di veri e propri competitori della “unica superpotenza rimasta”: il riferimento è prima di tutto a Cina e Russia, ma una menzione la meritano pure India, Brasile, Giappone. Il sogno della “fine della storia” è svanito. Gli USA hanno tentato, sotto Bush, un ultimo brutale tentativo di mantenere la propria supremazia incontrastata: il progetto di “guerra infinita”, che avrebbe dovuto annichilire come un rullo compressore tutti i possibili nemici e competitori, ma che si è arenato già sui primi due scogli incontrati, ossia Afghanistan e Iràq. L’ordine mondiale odierno è “semi-unipolare”, con Washington ancora potenza egemone, ma più per la cautela dei suoi rivali che per la propria forza ed autorità. La crisi finanziaria del 2008 è partita dagli USA ed ha mandato parzialmente in frantumi quell’ordine economico su cui si fonda gran parte del potere di Washington. Tutto lascia supporre che si concretizzerà il ritorno ad un vero e proprio ordine “multipolare”, e questa è anche la mia previsione.

Però …come spesso accade c’è un “però”. Uno degli errori più comuni del nostro tempo è quello di percepire le tendenze come fattori fissi ed immutabili, quando in realtà sono contingenti. Come sosteneva Hume, l’uomo è portato a credere in ciò che è abituato a vedere, ossia ad assolutizzare il contingente. Ma le inversioni di tendenza sono sempre possibili. Gli Stati Uniti non hanno accettato e difficilmente accetteranno il ruolo di ex egemone in declino. A meno d’implosioni interne del tipo pronosticato da Igor Panarin, riusciranno ad opporre resistenza, ed hanno molto frecce al loro arco se non per bloccare, quanto meno per rallentare la transizione al mondo multipolare: ricordiamo, tra i principali, il poderoso strumento militare (che spesso fa cilecca, ma per capacità di proiezione globale non ha pari), la “egemonia del dollaro” (Henry Liu), la centralità nel sistema finanziario, l’influenza culturale. Già il secolo scorso la supremazia delle talassocrazie anglosassoni fu sfidata, prima dal Reich tedesco e poi dall’Unione Sovietica, e sappiamo bene tutti come andò a finire. Meglio non vendere la pelle dell’orso (o le penne dell’aquila, se vogliamo esser più precisi nell’allegoria zoologica) prima d’averlo ucciso. Certo però che questi USA d’inizio XXI secolo paiono solo la copia sbiadita della superpotenza del ventesimo: molta della loro grandezza deriva dall’eredità delle generazioni passate, e quando sono chiamati a difenderla non sembrano all’altezza del proprio rango senza pari.

E ora dall’inizio, tuffandoci un po’ nel passato. L’attacco al cuore della Terra, all’Heartland, che gli Stati Uniti hanno attuato su quattro direttrici (sovversione politica, espansione militare, risorse energetiche, supremazia nucleare): può sintetizzare?

La strategia statunitense, quanto meno dagli ultimi anni della Seconda Guerra Mondiale in poi (e forse anche da prima), è fortemente ispirata ai princìpi della geopolitica. L’Heartland (H. Mackinder) è una delle categorie basilari di questa disciplina: è la Terra-cuore, il centro del continente eurasiatico, storicamente impermeabile alla potenza marittima – quest’ultima incarnata prima dall’Impero britannico e poi dal “imperialismo informale” statunitense. L’Heartland è occupato dalla Russia, che rappresenta perciò stesso il principale ostacolo e minaccia potenziale all’egemonia della potenza talassocratica, ossia marittima, degli USA. Dalla fine della Guerra Fredda ad oggi, Washington e Mosca hanno più volte tentato approcci amichevoli, ma tutti sono finiti male. All’arrendevolezza di El’cin si rispose con lo smembramento della Jugoslavia, ed i Russi reagirono portando al Cremlino un certo Vladimir Putin. Le sue aperture dopo l’11 settembre sono state ripagate con la penetrazione statunitense in Asia Centrale, nel “cortile di casa” russo. Anche l’attuale recentissimo idillio tra Obama e Medvedev durerà poco. Nessuno vuole sfociare nel determinismo, ma la geografia è un fattore importante nella vicenda umana, ed in questo caso la geografia condanna Russia e USA ad essere, almeno nello scenario attuale, quasi sempre nemici.

Dagli anni ’90 ad oggi gli Statunitensi, sulla scia di teorizzazioni come quelle di Zbigniew Brzezinski, lungi dall’allentare la morsa su Mosca hanno cercato di sfruttare il crollo dell’URSS per neutralizzare definitivamente la minaccia russa. Le “direttrici d’attacco”, come da lei sottolineato, sono state quattro:

a) la sovversione politica: tramite la CIA, enti pubblici o semi-pubblici come il National Endowment for Democracy o U.S. Aid, e finte ONG gli USA hanno orchestrato una serie di colpi di Stato in giro per l’ex area d’influenza moscovita, allo scopo d’insediare quanti più governi filo-atlantici e russofobi fosse possibile. I casi più celebri: Serbia, Georgia, Ucraìna, Kirghizistan. Ci hanno provato persino in Bielorussia e in Russia (leggi Kaspàrov), ma non è andata bene. I governanti locali si sono fatti furbi ed hanno iniziato a porre una serie di restrizioni alle attività d’organizzazioni straniere nei propri paesi. Gli ultimi eventi in Ucraìna e Kirghizistan fanno pensare che l’ondata di “rivoluzioni colorate” sia ormai in fase di risacca;

b) l’espansione militare: la NATO si potrebbe definire come l’alleanza che lega l’egemone statunitense ai paesi ad esso subordinati. Non è qualitativamente diversa dalla Lega Delio-Attica capeggiata da Atene, o dalle varie alleanze italiche di Roma. Un’alleanza non certo tra pari. Nata in funzione anti-sovietica, scioltasi l’URSS non solo non ha chiuso i battenti ma si è allargata verso est, fino ai confini della Russia. La nuova dottrina militare russa cita espressamente la NATO tra le minacce per il paese;

c) le risorse energetiche: una potente leva strategica per la Russia è costituita dalla sua centralità nel commercio energetico intra-eurasiatico. Gli USA hanno cercato di sminuirla facendo dell’Asia Centrale un competitore di Mosca, tramite gasdotti e oledotti alternativi che scavalcassero il territorio russo. L’impossibilità di costruire la condotta trans-afghana, il ridotto impatto del BTC ed il fallimento annunciato del Nabucco chiariscono che il progetto, almeno per ora, non ha avuto successo;

d) la supremazia nucleare: è un punto sovente ignorato dai commentatori occidentali. Si definisce “supremazia nucleare” la capacità d’uno Stato di vincere una guerra atomica senza subire danni eccessivi, ossia di sferrare un “primo colpo” (first strike) parando la successiva rappresaglia. Quando si dispone di migliaia di testate e missili nucleari, come gli USA, è facile annientare un rivale con una guerra atomica: il grosso problema è riuscire ad evitare d’essere annientati a propria volta se il nemico, come la Russia, ha a sua volta migliaia di armi nucleari con cui rispondere. Ecco dunque l’idea dello scudo ABM (anti-missili balistici), il sogno di Reagan riesumato da Bush e per niente accantonato da Obama. Resterà ancora a lungo una delle principali pietre della discordia tra Mosca e Washington. Infatti, il Cremlino non si beve la storia che lo scudo ABM sia rivolto contro l’Iràn e la Corea del Nord, e nel mio libro spiego dettagliatamente il perché.

Lei si sofferma sulla politica estera statunitense dell’ultimo decennio sviscerando le differenze tra idealisti e realisti alla Casa Bianca. Cosa ha cambiato l’arrivo di Barack Obama alla Casa Bianca?

Ha cambiato molto, ma probabilmente meno di quello che avrebbe potuto se non ci fosse stata la crisi finanziaria del 2008. Obama era portatore d’una geostrategia alternativa a quella neoconservatrice, meno fissata sul Vicino e Medio Oriente e più attenta agli equilibri globali nel loro complesso. Essa comprendeva anche una non dichiarata strategia anti-russa di tipo brzezinskiana. La stessa distensione con l’Iràn era ed è mirata soprattutto a rivolgere la potenza persiana contro Mosca in funzione di contenimento sul fianco meridionale.

Inutile dire che la crisi ha scompaginato i piani. Gli USA si sono ritrovati con l’acqua alla gola, ed Obama s’è accontentato di cercare di salvarne la supremazia mondiale. L’ideologismo di Bush è stato sostituito con un po’ di sana Realpolitik, e la minaccia ed uso della forza militare sono oggi stemperate dal ricorso alla diplomazia come via prediletta. Ma ciò non è sufficiente. Washington, capendo di non farcela più da sola, sta cercando di cooptare qualche grande potenza come stampella della propria egemonia. All’inizio Obama ha cercato di formare il famoso “G-2” con la Cina, ma ben presto la tensione ha preso a montare ed oggi Washington e Pechino si guardano in cagnesco come non succedeva da decenni. Così Obama ha messo nel mirino la Cina, ed ha pensato bene di corteggiare la Russia. Il “leviatano” talassocratico ed il “behemoth” tellurocratico si sono già trovati fianco a fianco contro una potenza del Rimland, ossia del margine continentale dell’Eurasia (mi riferisco alla Germania nel secolo scorso), ma non credo che ciò si ripeterà oggi. Gli USA superpotenza avrebbero potuto cooptare la Russia di El’cin e del primo Putin, ma si sono rivelati troppo avidi di potere ed hanno finito con l’allontanarla. Oggi sono ancora la potenza egemone, e perciò suscitano invidia ed ostilità, ma sono un egemone zoppo,  e dunque appoggiarlo non dà più gli stessi vantaggi d’un tempo. Allearsi con qualcuno che ti vorrebbe come stampella del suo potere traballante non è una prospettiva così allettante. Il Cremlino prenderà altre strade. Solo quando gli USA si saranno ridimensionati al rango di grande potenza inter pares, allora si potrà ridiscutere d’alleanze strategiche.

L’8 dicembre 1991 i presidenti di Russia, Ucraina e Bielorussia, riuniti a Brest, proclamarono la dissoluzione dell’Unione Sovietica, che Gorbačev fu costretto ad accettare suo malgrado. L’ex presidente russo Vladimir Putin, ora primo ministro, ha affermato che la dissoluzione dell’Urss è la stata la più grande catastrofe geopolitica del XX secolo. È d’accordo?

Il termine “catastrofe” sottintende un giudizio di valore, e dunque è soggettivo. Restando sul merito, è indubbio che il crollo dell’URSS, ossia della potenza terrestre dell’Heartland che conteneva la superpotenza marittima, è stato un evento epocale. E dal punto di vista dei Russi, non si può che considerare catastrofico. Ma non solo dal loro. Il crollo della diga sovietica – una diga criticabile e controversa fin quanto si vuole – ha aperto la strada al tentativo egemonico degli USA, col suo contorno di prevaricazione e guerre. Per gli Statunitensi la disgregazione dell’URSS è stata un successo, per i Polacchi una benedizione, per i Cubani, i Siriani o i Palestinesi una disgrazia.

Vladimir Putin è stato, tra luci ed ombre, il simbolo della ritorno della Russia sulla Grande Scacchiera. Lei scrive che la “Dottrina Putin” può essere interpretata come un realismo in salsa russa, fondato sull’accorta tessitura d’alleanze intra-continentali con la Cina, l’India, l’Iran, la Turchia e l’Europa Occidentale. Cioè?

Ho ripreso la definizione che cita da Tiberio Graziani, direttore della rivista “Eurasia”. In Russia, dopo la fine del comunismo sono emerse due visioni ideologiche: quella eurasiatica, che vede negli USA il nemico storico da combattere ad ogni costo, e quella occidentalista, che vede nell’Ovest il beniamino da emulare e compiacere ad ogni costo. La Dottrina Putin esula da questi schemi e si pone nel mezzo degli “opposti estremismi”. Putin ha adottato linguaggi e formalità cari agli occidentali, ed ha a lungo considerato prioritari i rapporti con l’Europa e gli USA. Ma non è mai stato arrendevole e rinunciatario, non ha mai rinunciato a difendere il ruolo della Russia nel mondo ed il suo “spazio vitale” nell’Heartland. Quando ha verificato che con Washington non c’erano spazi di dialogo, si è rivolto altrove. Le alleanze intra-continentali da lei citate servono a creare un “secondo anello di sicurezza” (il primo dovrebbe essere il “estero vicino”) attorno alla Russia. L’obiettivo finale è estromettere la talassocrazia, ossia gli USA, dall’intera massa continentale eurasiatica, per mettere definitivamente in sicurezza la Russia.

Secondo Parag Khanna i “tre imperi” del nuovo mondo multipolare sarebbero Usa, Cina e Unione Europea, mentre la Russia farebbe parte del “secondo mondo”. Lei non è d’accordo. Perché?

Perché la visione di Parag Khanna si fonda sostanzialmente su valutazioni di tipo economico e sulle sue simpatie personali. L’economia è importante ma non rivela tutto. Ad esempio, l’Unione Europea, si sa, è un gigante economico ma un nano politico. Non è neppure uno Stato, bensì un’accozzaglia di Stati nazionali che, come stanno dimostrando gli eventi attuali, in mezzo alla tempesta preferiscono pensare ognuno per sé. La Russia ha un ingente patrimonio geopolitico, in termini geografici, militari ed energetici, che può giocare efficacemente sulla grande scacchiera mondiale. Mosca è ancora al centro della politica internazionale, considerarla parte del “secondo mondo” è ingiustificato.

La Cina è e sarà comunque uno dei protagonisti di questo secolo e intorno al ruolo di Pechino si gioca ovviamente il futuro di Washington. Riprendo allora le sue parole: «Per gli Usa il contenimento della Cina dovrebbe avvenire attraverso due “cani da guardia” posti al suo fianco: l’India e il Giappone. Davvero Nuova Delhi e Tokio sono disposti a ricoprire il ruolo che Washington vorrebbe affibbiare loro, oppure preferiranno unirsi a Pechino per creare una “sfera di co-prosperità” asiatica?»

È un dilemma che non ha ancora trovato risposta. L’India sembrava più vicina alla Cina qualche anno fa, quando entrò nel gergo comune degli addetti ai lavori il termine “Cindia”. Al contrario, il Giappone che qualche anno fa pareva nemico irriducibile di Pechino oggi gli si sta riavvicinando. La situazione è fluida e difficile da decifrare, ma la sensazione è che Nuova Delhi e Tokio cercheranno la vincita sicura: aspetteranno di capire con certezza chi avrà la meglio tra Cina e USA, e solo allora punteranno tutto sul cavallo vincente.

Spostiamoci infine Oltreoceano, dove comunque i grandi attori sono sempre gli stessi. Nel libro scrive che Obama sembra deciso a recuperare l’influenza sul “cortile di casa”, e con qualsiasi mezzo. Russia e Cina, invece, offrono una sponda diplomatica alle nuove potenze emergenti come Brasile e Venezuela. I prossimi conflitti sono programmati?

Il Sudamerica è storicamente un’area molto pacifica. Ma ciò è dovuto anche alla sua storia di marginalità nel quadro geopolitico, ed all’egemonia a lungo incontrastata degli USA. Oggi questi due fattori stanno venendo meno. In Sudamerica sta emergendo una grande potenza mondiale – il Brasile – mentre il controllo degli USA sul “cortile di casa” è stato seriamente intaccato. Cina e Russia si fanno beffe della Dottrina Monroe, punto fermo della strategia statunitense da un paio di secoli. Washington passerà all’azione, o meglio alla reazione, e non sappiamo ancora quali strumenti sceglierà.

Maggiore integrazione economica? L’ALCA è stato bocciato da quasi tutti i paesi sudamericani.

Legami militari? In Sudamerica la Russia ha superato gli USA nell’esportazione di armi.

Influenza culturale? I sentimenti anti-statunitensi, tradizionalmente radicati nell’area, appaiono al massimo storico, ed il risveglio della comunità indigena porta ad una riscoperta del proprio retaggio più arcaico, piuttosto che all’adozione della way of life nordamericana.

Colpi di Stato? In Venezuela ci hanno provato ma fu un fallimento; un pesce molto più piccolo come l’Honduras è caduto nella rete, ma si ritrova quasi completamente isolato nella regione.

Guerre per procura? I paesi sudamericani sono molto restî a scendere in guerra tra loro, se non altro perché sono tutti instabili al loro interno e temono gravi contraccolpi domestici. Attorno alla Colombia la tensione sta montando, e molto decideranno le imminenti elezioni presidenziali. Santos ricorda per certi versi Saakašvili: è una testa calda, con lui tutto sarebbe possibile. Mockus, al contrario, cercherebbe la distensione coi vicini ed allenterebbe i legami con gli USA. In ogni caso, per Bogotà sarebbe una mossa come minimo azzardata andare in guerra coi vicini, quando non controlla neppure il proprio territorio nazionale.

Guerre in prima persona? Sono da escludersi almeno finché le truppe nordamericane rimangono impantanate in Iràq e Afghanistan. Anche dopo aver evacuato i due paesi mediorientali, l’esperienza inciderà negativamente sulla propensione alla guerra nei prossimi anni. Certo, non sono eventi traumatici come il Vietnam – avendovi preso parte soldati professionisti e non cittadini coscritti – ma il paese è comunque demoralizzato e le casse vuote. Inoltre i paesi sudamericani si stanno integrando: attaccarne uno significherebbe rovinare i rapporti con tutti.

Per tali ragioni, ritengo che nei prossimi anni Washington si limiterà a sovvenzionare e “pompare” a livello mediatico i propri campioni in loco: lo sta già facendo in Brasile, anche se difficilmente il Partito dei Lavoratori di Lula sarà scalzato dal potere. In qualche “repubblica delle banane” centroamericana potranno pure organizzare dei golpe, ma l’arma tradizionale dell’influenza nordamericana sui vicini meridionali appare sempre più spuntata.

La perdita dell’egemonia sul continente americano rappresenterà una svolta epocale per gli USA e la geopolitica mondiale. Gli Stati Uniti d’America, potenza continentale, hanno potuto inventarsi potenza marittima contando sull’isolamento conferito dall’assenza di nemici sulla terraferma: dal Novecento hanno perciò potuto proiettarsi con sicurezza sugli oceani e al di là degli stessi. Con l’emergere di forti rivali nelle Americhe, gli USA perderebbero uno dei loro storici vantaggi strategici: smetterebbero di essere “un’isola” geopolitica e ritornerebbero una potenza continentale.

Quali sono questi “rivali” che gli USA potranno trovare nel continente? Facile rispondere il Brasile, su tutti, che ha dimensioni e demografia adatte a sfidare la supremazia di Washington nell’emisfero occidentale. Facilissimo citare il “blocco bolivariano”, paesi che presi singolarmente sono deboli, ma che se dovessero riuscire ad unirsi, resi più forti dalla veemenza ideologica, creerebbero non pochi problemi ai gringos, come li chiamano loro. E non scordiamoci il Messico. Il Messico è una nazione molto grande, direttamente confinante con gli USA, e coltiva – anche se silenziosamente – storiche rivendicazioni territoriali sul sud degli Stati Uniti. La sua economia è in forte crescita: fra pochi anni sarà considerata una grande potenza, almeno in quest’ambito. Fatica a tenere sotto controllo la parte settentrionale del paese, ma è quella meno popolata e più povera. In compenso ha un’arma atipica. Samuel Huntington, poco prima di morire, lanciò un avvertimento ai propri connazionali: di guardarsi dall’enorme aumento numerico dei Latinos – per lo più messicani – negli USA. I Latinos sono concentrati in pochi Stati: California, Texas, Arizona, New Mexico ed anche Florida (qui si tratta di cubani e portoricani). Giungono in massa e tendono a conservare la propria lingua, la propria religione ed il proprio modo di vivere. Hanno già acquisito un ingente peso elettorale, ma in massima parte non sono integrati nella società statunitense. Nel Sud, i cartelli criminali del narcotraffico hanno costituito veri e propri “Stati nello Stato”, che spadroneggiano nei quartieri latini, sanno autofinanziarsi illecitamente tramite il traffico di droga e la prostituzione, hanno veri e propri eserciti armati fino ai denti. Un soggetto ideale per condurre una guerra asimmetrica, se se ne creassero le condizioni. Questi cartelli del narcotraffico hanno eguale potere al di là del confine, nel settentrione del Messico, e forti collusioni con le autorità di Città del Messico. Non è un caso che negli USA da alcuni anni stiano cercando d’arginare l’immigrazione e d’integrare i Latinos nella società, mentre in Messico non fanno nulla per dissuadere i propri cittadini dall’espatriare nelle terre che gli Statunitensi rubarono al Messico centocinquant’anni fa. La situazione è esplosiva, e qualche analista – come George Friedman – se n’è accorto.

Grazie per l’intervista.

 

Daniele Scalea

La Sfida Totale – Equilibri e strategie nel grande gioco delle potenze mondiali

Fuoco Edizioni, 186 pagine, 15 Euro.

L’importanza della Russia per l’Italia

Originariamente pubblicato in Eurasia, n. 2/2010

 

Dieci secoli d’indifferenza

Nel 1472 il gran principe Ivan III di Mosca, futuro gosudar’ (sovrano) di tutta la Russia, sposò una principessa bizantina, Sofia (già Zoe) Paleologa, nipote di Costantino XI, ultimo imperatore romano d’Oriente caduto diciannove anni prima sulle mura di Costantinopoli assaltata dai Turchi. Per l’occasione, Ivan III adottò l’aquila bicipite bizantina ed il cerimoniale di corte imperiale, nonché il titolo di zar (car’ secondo la corrente traslitterazione) – ossia “cesare”, retaggio dei primordi imperiali di Roma tramandatosi di successione in successione fino all’epilogo del 1453. Non sorprende che negli stessi anni si diffondessero in Russia la leggenda della discendenza dei principi moscoviti dagl’imperatori romani e la dottrina della “Terza Roma” – Mosca appunto – successore dell’originale e della Seconda Roma bizantina1.

Secondo la leggenda Ottaviano Augusto avrebbe, in tarda età, spartito fra i parenti l’Impero (all’epoca in cui tale storia fu ideata era normale considerare lo Stato proprietà del sovrano, sicché tale concezione veniva trasposta anche all’epoca classica) ponendo un suo fratello, di nome Prus, a capo delle rive della Vistola. Da Prus sarebbe disceso, dopo quattordici generazioni, Rjurik, il vichingo iniziatore della dinastia rjurikide cui apparteneva Ivan III. La dottrina della Terza Roma, nata nel XV secolo, avrebbe però trovato una compiuta formulazione solo cinque anni dopo la morte di Ivan III il Grande, quando nel 1510 l’abate Filofej scrisse allo zar Basilio III una lettera contenente la celebre frase: «Due Rome sono cadute, ma la terza è in piedi e non ve ne sarà una quarta»2.

Pochi anni dopo il suo matrimonio con Sofia, Ivan III inviò un proprio agente a Venezia, con lo scopo d’invitare a Mosca architetti ed altri luminari italiani: tra coloro che accettarono v’erano Aristotile Fieravanti, Aloisio da Milano, Marco Ruffo e Pietro Antonio Solario. Fieravanti costruì in pochi anni la Cattedrale dell’Annunciazione. Ruffo, Solario ed altri architetti italiani misero mano al Cremlino, edificandovi il Palazzo delle Faccette e varie torri. Si trattava solo di un’avanguardia, poiché l’apporto italiano all’architettura russa fu costante per secoli. Su questo tema esistono eccellenti monografie3, qui ci limiteremo a citare pochi altri esempi, come Bartolomeo Francesco Rastrelli (1700-1771), autore del Palazzo d’Inverno, dell’Istituto Smol’nyi a San Pietroburgo e del Palazzo di Carskoe Selo (oggi Puškin), e Giacomo Quarenghi (1744-1817), cui si deve il Teatro dell’Hermitage (San Pietroburgo).

Malgrado tali significative relazioni culturali – a dire il vero piuttosto unidirezionali – per molti secoli quelle politiche non furono altrettanto notevoli, se si eccettuano i rapporti tra la Roma papale e la Mosca ortodossa, di tenore precipuamente religioso e non certo idilliaci. Il perché dell’assenza di rapporti politici tra Russia e Italia per circa un millennio è facilmente individuabile.

Dal IX secolo all’anno mille la Rus’ di Kiev è uno Stato di collegamento sulla rotta fluviale nord-sud che collega il Baltico al Mar Nero, e non a guarda a ovest. Nel medesimo periodo, il Regno d’Italia d’origine longobarda-carolingia è in piena crisi istituzionale, ed anche a sud il controllo bizantino scricchiola pesantemente lasciando spazio a tentativi secessionisti: non c’è spazio per guardare all’estero, se non per il timore d’invasioni. Dal XIII secolo all’età di Ivan III i principati russi sono posti sotto il tallone dell’Orda d’Oro mongola, e dunque orientati verso est; nello stesso periodo in Italia il fallimento dei tentativi egemonici imperiali portano ad un’estrema disintegrazione politica, soprattutto nel centro-nord del paese: la politica “estera” dei potentati italiani si rivolge principalmente alle città vicine, al massimo alle leghe nazionali di guelfi e ghibellini ed alle potenze vicine che possono intervenirvi militarmente. Quando la Moscovia si sottrae al controllo mongolo e riunifica i territori della Rus’ di Kiev, assurgendo finalmente al rango d’importante paese europeo, in Italia la calata di Carlo VIII inaugura i secoli bui in cui la penisola è campo di battaglia e terra di conquista per le grandi potenze straniere. Nei mille anni che vanno dalla nascita della Rus’ all’età napoleonica, quella della Russia è la storia d’una potenza in ascesa e quella dell’Italia d’una potenza in declino, ma nemmeno Mosca ha in quel periodo la forza per proiettarsi al di fuori del ristretto ambito regionale. Così, mentre l’Italia si concentra sulle lotte intestine, il Cremlino bada alla riunificazione russa non oltre l’Ucraìna e la Bielorussia, sfogando il suo espansionismo soprattutto verso est, nell’esaltante galoppata siberiana dei Cosacchi tra ‘500 e ‘600. In tali condizioni, le due storie nazionali non possono incontrarsi, ma tutt’al più scambiarsi i fuggevoli sguardi culturali che abbiamo in precedenza sommariamente descritto.

L’Italia scopre la Russia

Nella lotta contro la Francia di Napoleone Bonaparte la Russia d’Alessandro I si conquistò il ruolo di grande potenza europea. L’Italia non poteva più ignorarne l’importanza, mentre Mosca poteva benissimo dar poco peso alla nostra ancora debole e divisa penisola: ecco perché l’Italia cominciò a “scoprire” la Russia all’inizio dell’Ottocento, ma ci volle ancora molto tempo perché fosse pienamente ricambiata. Come vedremo, si potrebbe sostenere che Mosca, ancora in periodo sovietico, non avesse completamente scoperto l’Italia.

Tale “scoperta”, per circa un secolo, non fu molto gradita agl’Italiani. La Russia, in virtù del suo ruolo legittimista sancito dalla Santa Alleanza, fu costantemente ostile al processo di riunificazione italiana – benché essa riscuotesse diffuse simpatie tra la sua élite colta. Oltre cinquantamila italiani (per metà settentrionali e per metà meridionali) presero parte alla grandiosa campagna napoleonica di Russia, per lo più inseriti nel IV Corpo agli ordini del vicerè e figlio adottivo dell’Imperatore Eugène de Beauharnais. Questi cinquantamila uomini subirono il tragico destino di quasi tutta la Grande Armée, ma non prima d’essersi coperti di gloria a Borodino.

Nel 1849 i Russi concorsero alla sconfitta dei moti del Quarantotto invadendo l’Ungheria di Kossuth; aiutandovi gli Asburgo, indirettamente ne favorirono l’azione in Italia, anche se a dire la verità nella penisola, al tempo della campagna d’Ungheria, la rivoluzione era già agonizzante.

Pochi anni dopo gli Asburgo, dando un formidabile sfoggio d’irriconoscenza, si schierarono contro i Romanov nell’area balcanica. Ciò avrebbe potuto fare dell’Impero Russo un possibile alleato del Risorgimento italiano, in virtù della comune inimicizia per gli Austriaci, ma la distanza geografica, l’isolamento diplomatico di Mosca e la scarna storia dei rapporti diplomatici tra i due paesi spinsero il Conte di Cavour a non prendere neppure in considerazione quest’ipotesi, per volgersi invece decisamente verso Londra e Parigi. Nel 1855, pur contro il parere dell’opinione pubblica e del suo stesso Gabinetto, il Conte di Cavour scelse di rispondere positivamente alle richieste delle due potenze occidentali, inviando reparti piemontesi a combattere in Crimea contro la Russia e, dunque, a favore di Vienna che, seppur solo diplomaticamente, appoggiava l’intervento. Anche se la Guerra di Crimea è generalmente descritta come un “capolavoro diplomatico” del Conte di Cavour – che ottenne così di fare della questione italiana un problema di politica internazionale, e non più d’ordine pubblico – lo storico britannico Denis Mack Smith ha avanzato diversi dubbi, sostenendo che la decisione dell’intervento era stata forzata da Vittorio Emanuele II e che al Congresso di Parigi «i risultati furono deludenti», tanto che il Conte di Cavour sperò di «trovare un alleato nella sconfitta Russia»4.

In realtà l’Italia continuò a guardare alle potenze occidentali, ed anzi dopo l’Unità – quando gli appetiti del nostro paese si volsero verso i Balcani – la Russia divenne un “competitore” politico. Lo stesso avvicinamento alla Germania derivò anche dalla preoccupazione per il Dreikarserbund russo-tedesco-austriaco, potenzialmente in grado di definire il destino dei Balcani tagliando fuori l’Italia5, e la nascita della Triplice Alleanza coincise grosso modo colla crisi del Patto dei Tre Imperatori. In poche parole, l’Italia entrò nel sistema d’alleanze austro-tedesche in sostituzione della Russia.

Solo all’inizio del ‘900 l’Italia cominciò a scoprire la Russia con occhi nuovi, non più guardandola come una lontana minaccia bensì come una potenziale amica.

La Russia come contrappeso diplomatico

La storia diplomatica dell’Italia è fatta di pesi e contrappesi, d’alleati ed “amici”. Ciò è comprensibile per quella ch’è stata l’ultima delle grandi potenze e che è, dal 1943, solo una media potenza. Roma si è sempre legata ad un alleato potente, sotto la cui ègida potesse condurre la propria politica; nel contempo, per non diventare troppo succube del senior partner, ha cercato d’appoggiarsi ad una seconda potenza, non alleata ma “amica”, di modo che dalla triangolazione potessero sorgere inediti spazi d’autonomia.

Il Risorgimento fu compiuto sotto l’ala protettrice del Secondo Impero Francese, ma le autorità piemontesi ed i patrioti mantennero stretti legami con l’Inghilterra. Senza questo secondo punto di riferimento la storia d’Italia sarebbe alquanto mutata. Napoleone III promosse l’espansione della Corona sabauda nel Norditalia, in funzione anti-asburgica, ma nei suoi disegni strategici esso sarebbe rimasto un semplice Stato satellite della Francia, al pari degli altri due regni italiani che sarebbero dovuti sorgere al Centro e nel Mezzogiorno. Al contrario, gl’Inglesi che non avevano simpatie per gli Austriaci ma ancor più temevano l’espansionismo di Parigi, appoggiarono in maniera discreta ma decisiva l’ulteriore espansione sabauda fino alla creazione dell’Italia unitaria, che sarebbe stata funzionale al contenimento della Francia nel Mediterraneo Occidentale.

Dopo il 1871, con la caduta del Secondo Impero ed il varo d’una repubblica clericale in Francia, Roma dovette forzatamente abbandonare l’alleanza con Parigi e, dopo qualche titubanza forse eccessiva, puntare sull’alleanza con la Germania. L’Inghilterra, che in un primo tempo la diplomazia italiana aveva sperato di poter elevare al ruolo d’alleato di riferimento, rimase una semplice “amica”, continuando dunque a svolgere quel ruolo di contrappeso rispetto all’alleato ufficiale. L’esperienza italiana della Triplice Alleanza si potrebbe paragonare ad un’onda: la marea montò fino a raggiungere il culmine con la presidenza di Crispi; quindi s’infranse sullo scoglio di Adua e cominciò a rifluire.

Fu in questo periodo di riflusso, caratterizzato da una diplomazia aperta, dinamica e parzialmente incoerente da parte dell’Italia – che si divideva ormai tra gli alleati austro-tedeschi e gli “amici” franco-britannici – che Roma strinse i primi accordi formali con la Russia.

Intorno al 1907 Russi e Inglesi raggiunsero un accomodamento concernente le tensioni esistenti in Asia (Persia, Afghanistan ecc.). Essendo divenuta Mosca una “amica” dei nostri “amici”, anche Roma tentò l’approccio e furono stretti dapprima degli accordi commerciali. In occasione della crisi bosniaca del 1908 il ministro degli Esteri Tittoni cercò di forgiare una vera e propria intesa politica austro-italo-russa nei Balcani, ma rimase frustrato soprattutto a causa del deciso intervento di Berlino a sostegno dell’Austria, che rese Vienna particolarmente baldanzosa e Mosca decisamente reticente. L’anno seguente fu però la Russia stessa a prendere l’iniziativa. Il 24 ottobre 1909 lo Zar in visita incontrò il Re d’Italia presso Racconigi: qui il ministro Aleksandr Isvolskij presentò al suo omologo Tittoni una bozza d’accordo già redatta e, per vincere eventuali reticenze italiane motivate dal legame con la Triplice, mostrò anche una copia del Trattato di neutralità austro-russo del 1904, tenuto segreto da Vienna all’alleato italiano, dal momento che contro il nostro paese era palesemente rivolto. Anche il Trattato di Racconigi fu stipulato in segreto, e prevedeva l’impegno di Russia e Italia a mantenere lo status quo nei Balcani e, ove ciò fosse stato impossibile, a favorire la nascita di Stati nazionali anziché l’espansione imperiale di soggetti esterni alla regione (ossia l’Austria-Ungheria). Il Trattato, che fu seguito immediatamente da un altro accordo bilaterale con Vienna (l’Italia continuò ad applicare la politica degli “alleati” e degli “amici”) non era limitato al solo teatro balcanico: Roma acconsentiva ad appoggiare le mire russe sugli Stretti del Bosforo e dei Dardanelli in cambio del nulla osta all’occupazione di Cirenaica e Tripolitania. Come scrive Sergio Romano, «la promessa di Racconigi dimostrava che [l’Italia] era pronta ad aumentare il numero dei giocatori per ridurre l’egemonia anglo-francese» nel Mediterraneo6. Per la prima volta, la Russia rientrava nel gioco dei pesi e contrappesi della diplomazia italiana.

Le grandi conflagrazioni belliche rappresentano quasi sempre un evento negativo per le potenze militarmente svantaggiate, ed è questo il caso dell’Italia nel corso di tutta la sua moderna storia unitaria. All’esplodere della Grande Guerra, Roma fu costretta a prendere parte per una delle due coalizioni in guerra – e come prevedibile scelse di schierarsi con quella che possedeva una maggiore capacità di nuocerle7. Il fatto di trovarsi a fianco della Russia, in quest’occasione, fu tutto sommato casuale: l’Italia in realtà s’era schierata con Francesi e Britannici. Certo l’Impero dello Zar sarebbe potuto tornare utile nel dopoguerra, se non avesse autonomamente anticipato il destino delle tre grandi compagini sconfitte, disgregate e brutalizzate dalla vendicativa e rapace politica di Versailles. L’Italia si ritrovò così sola, con tre alleati più forti – Francia, Inghilterra e USA – e nessun “amico” cui appoggiarsi per controbilanciarli. Tanto più che Francesi e Britannici – vuoi anche per l’assenza di minacce immediate, e dunque scarsa necessità di tenersi buona l’Italia – si mostrarono ben poco inclini a concederle, tanto nei Balcani quanto nel Mediterraneo e in Africa, territori o sfere d’influenza che potessero accrescerne la potenza in maniera minacciosa per loro stessi. Wilson, dal canto suo, aveva in forte antipatia la diplomazia italiana, e fu un ulteriore ostacolo più che un aiuto: dopo di lui gli USA scelsero l’isolamento politico, e Roma rimase sola, Cenerentola tra due sorellastre maligne e molto più forti di lei, ben disposte a mantenerla come junior partner della triade (in funzione di contenimento della Germania e del comunismo) – ma ben decise a mantenerla tale e nulla più. Si può dunque interpretare anche il riconoscimento dell’URSS compiuto ufficialmente da Mussolini il 7 febbraio 1924 (tra i primi governi europei a farlo) alla luce dello schema fin qui descritto. In assenza della Germania, l’Unione Sovietica era allora vista come “l’amico” in grado di fungere da contrappeso agli alleati8. La cosa non durò a lungo, dapprima per le titubanze di Mussolini a schierarsi troppo nettamente contro le “demoplutocrazie occidentali”, ed in seguito per il ritorno in grande stile sulla scena internazionale della Germania, che divenne il nuovo punto di riferimento della sua politica estera. Addirittura, nel corso della Seconda Guerra Mondiale Mussolini mandò per la terza volta – dopo Napoleone e Cavour – soldati italiani a combattere contro la Russia; e come le due volte precedenti, gl’Italiani non seguivano propri interessi geopolitici nel fare ciò, ma s’affidavano all’alleato di riferimento che decideva e conduceva la guerra. È ben noto che Hitler non si consultò neppure con Mussolini prima di sferrare la “Operazione Barbarossa”, che risultò sì decisiva per le sorti della guerra, ma non nel senso che il Führer si augurava ed attendeva.

Dopo la sconfitta, ancor prima che fosse conclusa la guerra, era chiara a tutti l’importanza che l’Unione Sovietica acquistava nella politica internazionale, e quella che potenzialmente poteva avere nella politica estera italiana.

Il Regno d’Italia, nel corso del conflitto, era soggetto ad una Commissione di controllo anglo-americana. Renato Prunas, abile e spregiudicato segretario generale del Ministero degli Esteri (ministro de facto, essendo il titolare del dicastero prigioniero dei Tedeschi), decise con Badoglio d’aumentare le proprie capacità negoziali coinvolgendo nella partita anche l’URSS: nell’inverno 1943-44 condusse trattative con Andrej Vyšinskij che portarono in marzo all’avvio di regolari relazioni diplomatiche tra Regno d’Italia e URSS. Il problema è che Mosca, all’epoca, non aveva ancora “scoperto” l’Italia quale elemento geopolitico funzionale alla sua azione diplomatica e, come vedremo, questo stato di cose perdurò nei decenni seguenti, pregiudicando i tentativi d’approccio italiano; a ciò s’aggiunga che, in ogni caso, essendo l’Italia nella sfera d’influenza occidentale, i Sovietici ritenevano che ad agirvi avrebbe dovuto essere non la loro diplomazia, bensì il locale partito comunista9. In quest’occasione il Cremlino, che dall’accordo s’attendeva solo di lanciare un messaggio agli Anglo-americani, trattò poi con estrema freddezza l’ambasciatore italiano a Mosca, Pietro Quaroni.

La diplomazia di Roma ricevette di lì a poco una seconda doccia fredda da parte dei Sovietici. Nel Dopoguerra ampi settori della politica e della diplomazia italiana nutrivano forti perplessità sulla scelta atlantista patrocinata dal presidente del Consiglio Alcide De Gasperi e dal suo ministro degli Esteri Carlo Sforza. In particolare Manlio Brosio, esperto uomo politico liberale che alla fine del 1946 aveva rimpiazzato Quaroni al ruolo d’ambasciatore a Mosca, perorava la scelta neutralista, sperando che l’Italia avrebbe potuto giovarsi d’una nuova “politica del peso determinante”: come una bella donna che tiene sulle spine i pretendenti alla sua mano, ottenendo così ancor più attenzioni e galanterie dai corteggiatori, Roma avrebbe dovuto rimanere in bilico tra i due schieramenti e godere nel frattempo dei frutti derivanti da una tale posizione privilegiata. In realtà, essa si dimostrò impraticabile perché i Sovietici furono i primi a dare per scontato che l’Italia avrebbe dovuto far parte della sfera d’influenza statunitense: mostrarono perciò disinteresse per il progetto di Brosio, decisi com’erano a condurre con l’Italia una “diplomazia popolare” tramite il PCI10. Brosio, cozzato contro il muro d’indifferenza sovietica, finì col convertirsi all’atlantismo, tanto da divenire segretario generale della NATO tra il 1964 e il 1971.

Non di meno, l’idea d’instaurare rapporti amichevoli con l’URSS per sfruttarla quale contrappeso all’invadente e potentissimo alleato nordamericano ed ottenere così inediti spazi d’azione autonoma (nel Mediterraneo in particolare) rimase una presenza costante nella classe dirigente italiana. A portare avanti tale progetto fu l’ala cosiddetta “neoatlantista”, opposta a quella degli “atlantisti ortodossi”. All’inizio del 1956 il presidente della Repubblica Giovanni Gronchi ingaggiò una serie di colloqui con l’ambasciatore sovietico Bogomolov sulla possibilità di trovare una soluzione pacifica alla questione tedesca, proponendo l’unione confederale delle due Germanie e la loro neutralizzazione ventennale. I Sovietici si dissero interessati, ma intervennero gli atlantisti Segni e Martino – rispettivamente presidente del Consiglio e ministro degli Esteri – a bloccare, in questa come in altre occasioni, la diplomazia presidenziale. Una soluzione come quella prospettata da Gronchi dispiaceva ovviamente a Washington, che nel 1954 aveva incluso la Germania Ovest nella NATO avviandone il riarmo in funzione antisovietica (fu come risposta a tale atto che, nel 1955, si costituì il Patto di Varsavia). Nel febbraio 1960 Gronchi si recò in visita a Mosca, sperando di riallacciare il discorso sulla questione tedesca e sul complesso dei rapporti tra i due blocchi ma, con sua grande sorpresa, durante un ricevimento all’ambasciata si ritrovò pubblicamente provocato da Nikita Chruščëv, in un’ennesima dimostrazione di quanto poco i Sovietici tenessero in considerazione la diplomazia italiana. Chruščëv, dando sfoggio di poco tatto, biasimò gl’Italiani per la «criminale azione» d’un decennio prima e confrontò le conquiste scientifiche dell’URSS (lo Sputnik era appena arrivato sulla Luna) con la disoccupazione del nostro «Stato borghese». Meglio andò al presidente del Consiglio Amintore Fanfani nell’agosto 1961, quando a sua volta si recò in visita a Mosca; tuttavia, il ruolo dell’Italia come possibile mediatrice tra USA e URSS non fu ancora riconosciuto da Chruščëv, tanto che – mentre Fanfani stava rientrando in patria – la questione tedesca fu bruscamente risolta colla costruzione del muro di Berlino. Di fatto, da allora a Roma si rinunciò a cercare attivamente l’amicizia di Mosca, concentrando le aspettative d’autonomia sul teatro mediterraneo e rendendo accetta agli USA simile libertà d’azione proprio mostrando una forte fedeltà a Washington nel confronto con l’URSS.

La fine della contrapposizione bipolare ha però messo in crisi la politica estera italiana: senza un nemico europeo degli USA, non c’è più possibilità di valorizzare il proprio apporto all’alleanza. La soluzione non può che essere quella già adottata in passato: cercare di controbilanciare il troppo potente alleato con un “amico” di peso. La rinascita della Federazione Russa dall’avvento di Putin al potere indica chiaramente la via alla diplomazia italiana più consapevole del ruolo geopolitico del nostro paese. I rapporti molto cordiali instaurati con Mosca dall’attuale governo italiano fanno ben sperare che quest’esigenza sia stata compresa.

La Russia come fornitore energetico

Non possiamo esimerci dal notare che la visita italiana di maggior successo nella Russia comunista, a dispetto di Gronchi e Fanfani, fu quella di Enrico Mattei. Nel novembre 1957 il dirigente dell’ENI firmò i primi accordi con Mosca per l’importazione in Italia di petrolio sovietico, in cambio di attrezzature per l’estrazione e il trasporto del greggio.

Negli anni ’70, dopo la brusca impennata del prezzo del petrolio decisa dall’OPEC, il governo italiano cercò di contenere lo choc aumentando l’uso di gas naturale nel consumo energetico della nazione. L’URSS, assieme alla Libia e all’Algeria, divenne perciò un interlocutore privilegiato, e si rafforzarono gli accordi già in essere dai tempi di Mattei.

Nell’Unione Europea l’Italia, con un consumo energetico lordo11 pari a 186,1 milioni di tonnellate di petrolio equivalenti, (mtpe) è dietro solo a Germania (349), Francia (273,1) e Regno Unito (229,5). In termini di importazioni nette12, l’Italia scavalca i due paesi occidentali con 164,6 mtpe e s’avvicina anche alla Germania (215,5). Nella graduatoria relativa alla dipendenza energetica, ossia al rapporto tra importazioni e consumo lordo, l’Italia con un risultato del 86,8% balza davanti a tutti gli altri grandi paesi europei, come Spagna (81,4%), Germania (61,3%), Francia (51,4%) e Gran Bretagna (21,3%), trovando davanti a sé solo piccoli paesi come Cipro, Malta e Lussemburgo (la cui dipendenza è totale) e l’Irlanda (90,9%)13. Va notato inoltre che il dato della dipendenza è in aumento: nel 2004 era del 84,5%14. Benché l’Italia sia il quindicesimo consumatore d’energia al mondo, è il nono maggiore importatore della stessa. Petrolio e gas naturale dominano la fornitura di energia primaria in Italia, e di conseguenza anche il quadro delle sue importazioni (assieme assommano all’85% di quelle totali): il nostro paese è il settimo maggiore importatore netto al mondo di petrolio, ed il quarto di gas naturale15.

In quest’ottica la Russia, maggiore fornitore energetico, diviene fondamentale nella geopolitica italiana. Roma ha la necessità di mantenere cordiali rapporti commerciali con Mosca e di tutelare le rotte di transito degl’idrocarburi russi verso il nostro paese: in quest’ottica si spiega la scelta dell’ENI di collaborare con Gazprom a tutto campo, ed in particolare alla realizzazione del gasdotto South Stream, che scavalca l’instabile Europa Orientale. Questo fattore si somma alla necessità d’un contrappeso diplomatico nell’indicare, senz’ombra alcuna di dubbio, nella Russia uno dei necessari pilastri della politica estera italiana nel XXI secolo.

 

Note:

1) Cfr. Nicholas V. Riasanovsky, Storia della Russia. Dalle origini ai giorni nostri, Bompiani, Milano 200310, pp. 113-114.

2) Ibidem, p. 132.

3) Vedi ad esempio Ettore Lo Gatto, Gli artisti italiani in Russia, 3 voll., Ministero degli Affari Esteri, Roma 1934-1943.

4) Denis Mack Smith, Il Risorgimento italiano, il Giornale, Milano 1999, pp. 296-297.

5) Essenziale su questo tema Brunello Vigezzi, L’Italia dopo l’Unità: liberalismo e politica estera in Idem, L’Italia unita e le sfide della politica estera. Dal Risorgimento alla Repubblica, Unicopli, Milano 1997, pp. 1-54.

6) Sergio Romano, Guida alla politica estera italiana. Da Badoglio a Berlusconi, Rizzoli, Milano 20062, p. 20.

7) Cfr. Marcello de Cecco, Gian Giacomo Migone, La collocazione internazionale dell’economia italiana, in Richard J.B. Bosworth, Sergio Romano (a cura di), La politica estera italiana / 1860-1985, Mulino, Bologna 1991, pp. 147-196.

8) Vanno parzialmente in questo senso le considerazioni di Michele Rallo, Il coinvolgimento dell’Italia nella Prima guerra mondiale e la “Vittoria mutilata”. La politica estera italiana e lo scenario egeo-balcanico dal Patto di Londra al Patto di Roma, 1915-1924, Settimo Sigillo, Roma 2007. Si veda anche Manfredi Martelli, Mussolini e la Russia, Mursia, Milano 2007.

9) Cfr. S. Romano, Guida alla politica estera italiana, cit., pp. 26-27.

10) Cfr. S. Romano, Guida alla politica estera italiana, cit., pp. 68-69.

11) Ossia: produzione primaria + importazioni – esportazioni.

12) Importazioni al netto delle esportazioni.

13) Tutti questi dati dal Europe’s Energy Portal: <http://www.energy.eu/&gt;.

14) <http://ec.europa.eu/energy/energy_policy/doc/factsheets/country/it/mix_it_it.pdf>.

15) <http://tonto.eia.doe.gov/country/country_energy_data.cfm?fips=IT>.

Answer to Professor P. Kelly (with Tiberio Graziani)

Source: Eurasia Online, 1 April 2010

Answer by Tiberio Graziani e Daniele Scalea


Professor Philip Kelly, respected expert in geopolitics, have done an interesting review of Tiberio Graziani’s paper published in no. 1/2010 of Italia “Eurasia” journal.

Summary of Graziani’s paper: international players could be classified in some catogories. Hegemonic players are countries which, thanks to geography, economy or military power, determine choices and international relationships of the other countries and of global organizations: USA, Russia, China, India. Rising players are countries which, exploiting some geopolitical or strategic atout, try to free themselves from hegemons’ impositions: Venezuela, Brasil, Bolivia, Argentina, Uruguay, Turkey, Japan and partially Pakistan. Pursuer-subordinate players are countries in the influence sphere of one of the hegemons: are pursuer the ones who find useful to remain into this sphere, subordinate the ones who remain in it by external imposition or for a fully lacking of geopolitical awareness. Finally, excluded players are all the other countries (insubordinate, but not able to free themselves from hegemons).

Since there are four hegemonic players, the international context could be considered multipolar. However, USA try to defend the position acquired during the unipolar moment, first of all attacking Russia and searching for China and India’s submissiveness.

Russia still have in Eurasia the role of Heartland already pointed out and explained by Halford Mackinder, but in the context of the rising new multipolar order obtained also other functions. Moscow has built strong relationships with China and India, and better of these two powers is able to tighten positive bonds also with Europe and Japan, as far as involve them in a continental system of alliances and cooperation able to marginalize from Eurasia the Thalassocracy – so winning its resistance to new multipolarism. However, it remains vulnerable a basic area for Eurasia: Near and Middle East. Only an outright choice of side by Russia could exclude North American influence from there.

Critics by prof. P. Kelly: to agevolate answering and reading, we unite the ten critics by P. Kelly in a smaller number of more general points, that we summarize as follow:

  • world isn’t multipolar but still unipolar;
  • Russia isnt’ able to involve other continental poles in a common geopolitics of Eurasian safety which exclude Thalassocracy;
  • European Union deserve to be included among hegemonic players more than others, in particular than India;
  • Latin America hasn’t an important role in world geopolitics.

Answers: keeping the same four points that summarize P. Kelly critics, we answer them as follow:

  • today a lot of analysts thinks that “unipolar moment” is gone and that a new “multipolar moment” is coming. Our opinion is that we are in this transitional phase. Now USA has yet own hegemony at some extent. Washington has a global projection ability and can interfere in affairs of any areas of Earth. Nonetheless, unlike what happens in the Nineties, some great powers today put a resistance in their own regions. Around these “poles” – i.e. Russia, China and Brasil – there are areas in which US influence is just equal if not lower than that of the regional pole: the near abroad for Moscow, South-Eastern and Central Asia for Beijing, South America for Brasilia. Our opinion is that these “regional hegemonies” will get stronger in future and new poles will added: Turkey and Germany the major candidates. Moreover, the new regional poles show a growing external projection ability: in Africa by China, in Centre and South America by Russia and China again. Our forecast is that, in the space of some years (a pair of decades at the most), transition to multipolar order will be fully completed;
  • already during the Cold War Russia had a very positive relationship with India. For last two decades Moscow has been making up with China in a relationship which border on strategic alliance, and has been establishing positive links with a number of prominent European countries (first of all Germany and Italy). Therefore Moscow seems the centre of a net of bilateral relationships among great Eurasian powers, plot which could evolve in a real multilateral net: in these terms Russia could be the keystone of the new multipolar system. Regarding the hypothesis that Central Asia could configure itself as a competitive shatterbelt between Russia and China with USA as equilibrator, it’s not what it’s observed today. Russia and China are cooperating in this area by the Shanghai Cooperation Organization, obviously intending to exclude USA from the region. Central Asia could become in future an area of Russian-Chinese rivalry, but not before that the two powers together will have pushed out US influence from there;
  • European Union, and even some single European countries (first of all Germany), have such potentiality to become – or better: to return – global great powers, but that potentiality is still largely inexpressed. EU could be an hegemonic player only if: a) take on a really unitary institutional configuration, at least for what concern decision-making and application of the decisions in strategic relevant sectors; b) adopt common aims in foreign policy and a clear, shared and indipendent geopolitical identity; c) avoid herself from US guardianship, i.e. the “vassallatic” relationship that see EU politically and military subordinate to the alliance leader. For what concern India, it’s true that at the moment she’s ipotetically the weakest hegemonic player – as Brasil she’s an emerging great power, but burdened by being encircled by stronger or pair powers. In particular, India is now virtually lacking in global and also regional projection ability (in this resembling to Japan). However, India has an enormous demographic potential which will reach is most favourable moment in next decades and, if properly exploited, will permit to New Delhi to recover – at least economically – a lot of the gap that today has in front of other countries (especially China);
  • Latin (or “Indiolatin”, to pay tribute to the more and more important amerindian component) America isnt’ just in the middle of an internal political cycle, but is engaged in an integration effot without precedent: it could be undervalued the ALBA, but not the UNASUR. Moreover, the Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños openly present itself as alternative to Washington-lead OAS, remarking the progressive stand back from the intrusive northern neighbour. Such integrative push is certainly stronger in “leftist” governments, but involve also “moderate” and even “righ-wing” ones, since it meets real needings and interests of these states. Consequences of an Indiolatin America no more subjugated to USA could be upsetting in global geopolitics. In fact, USA – which was a continental power – could pose itself as a thalassocracy and projecting over and beyond oceans basically because lacking rivals or threats on own continent. Freeing of the entire region, rising of a great world power as Brazil and gathering around it of neighbouring countries will force Washington to at least partially stop thinking of the fundamental Eurasian stage for turn to its own former “backyard”. This will favour multipolar pushes that, intentionally (Russia and China) or unintentionally (India and Japan), will marginalize and at the end exclude North American thalassocracy from Eurasian continent.

Non solo geopolitica