Escenarios Globales para el 2012: cómo esta cambiando el mundo

Fuente: Dossier Geopolitico, Marzo 2012

 

No se puede hablar acerca de los escenarios mundiales para el año 2012, sin apartarse de lo que ocurrió en 2011. No es necesario decir que el año pasado será recordado como el de las revueltas árabes. Hay dos perspectivas desde las cuales se las pueden observar: una interna y otra externa.

Desde la perspectiva interna, es evidente que en el mundo árabe había llegado a un punto de ruptura causado no solo por los desequilibrios socioeconómicos, sino también  por las tensiones políticas. La tensión fundamental es aquella que se da entre las ideologías, los partidos políticos y los gobiernos llamados “laicos” (un término que en el mundo islámico no puede tener el mismo significado que tiene para nosotros) y sus contrapartes religiosas. Los laicos han hegemonizado el panorama árabe, y el musulmán en general, en la época pos-colonial (a pesar de significativas excepciones como la de la Arabia Saudita Waabita). Pero no han mantenido sus promesas: no han logrado la unidad árabe, no han realizado el socialismo ni logrado el progreso económico, no han podido enfrentar a Israel. Durante las últimas décadas han llegado a degenerar en pequeños regímenes nacionales, auto-referenciales y la cleptocráticos. En el fondo, si los islamistas han logrado ascender, este escenario ya era evidente desde algunos años atrás con la victoria electoral de Hamas en Palestina –o incluso antes con la revolución islámica en Irán, o con la difusión de las madrasas waabitas en el mundo.

Desde la perspectiva externa, no se puede ignorar la interferencia de las grandes potencias, sobre todo los EE.UU. Es cierto que los EE.UU. fueron los principales patrocinadores de gran parte de los regímenes árabes, pero también es cierto que al mismo tiempo se fueron deslizando hacia el interior de las sociedades civiles de esos mismos países, financiando y manipulando grupos y movimientos de oposición. Es el esquema de las “revoluciones de colores” en donde se puede ver el accionar tanto de  sediciosas ONG’s estadounidenses -dirigidas por el National Endowment for Democracy – y también de verdaderas agencias federales en Washington, como la USAID.

Sería simplista reducir las revueltas árabes a las revoluciones de colores, como también sería ingenuo ignorar esta dimensión exógena.

Aún más evidente es el papel de los EE.UU. y algunos de sus aliados en la desestabilización de países como Libia y Siria.

El rol perturbador de Washington es una señal de fuerza y debilidad al mismo tiempo. Es una señal de fuerza porque ha demostrado que aún puede influir en las dinámicas regionales. Es una señal de fuerza porque desestabilizando la zona se crean infinitos Casus Belli potenciales, que servirían para intervenir militarmente -de considerarlo apropiado- siguiendo el modelo aplicado en Libia, bajo el pretexto de la R2P (“derecho a proteger”Smilie: ;). Es una señal de debilidad debido a que Washington depende cada vez más de sus aliados subalternos, de Francia y Gran Bretaña a Turquía: un poco como lo hizo después de Vietnam, en los momentos difíciles busca apoyarse sobre las potencias medias como muletas de su hegemonía. Es una señal de debilidad porque ha tenido que aceptar el cambio en la región, incluso a costa de desagradar a Arabia Saudita e Israel (aunque sólo parcialmente), y aún a riesgo de crear, en el corazón del mundo musulmán, un bloque compacto de países controlados por Los Hermanos Musulmanes (que pronto se extendería desde Túnez a Jordania, desde Turquía a Sudán, pasando por Libia, Egipto y Siria).

Pero es además una señal de debilidad, sobre todo, porque desestabiliza una región entera antes de reducir el peso en la propia ecuación estratégica. No se cuenta con fuerza suficiente para  dejar un “gran medio oriente” estable y rígidamente filo-atlantista y, por lo tanto, se recurre a la “geopolítica del caos”. En este caso, el objetivo es crear un conflicto irreconciliable entre sunitas y chiítas, y un equilibrio recíproco entre Turquía, Irán, Arabia Saudí y quizá Egipto (una situación que dejaría a salvo incluso a Israel).

La reciente revisión estratégica anunciada por Obama, de hecho, no sólo exige lo que Jalife-Rahme ha llamado “ejército de desglobalización” -es decir, la reducción de las guarniciones y los militares de EE.UU. en el mundo-, sino también su relocalización en la región de Asia-Pacífico.

Además de la dificultad de mantener una presencia militar global, hay dos motivaciones detrás de esta decisión. La primera es la probable disminución de la importancia estratégica del norte de África y el Cercano Oriente en las próximas décadas. En los EE.UU. se están encontrando grandes reservas de gas y de pizarras bituminosas: en la actualidad son difíciles de explotar, pero con una serie de avances tecnológicos podría dotar al país de la total autosuficiencia energética. Incluso las reservas de hidrocarburos del vecino y confiable Canadá se descubren cada vez superiores: el Ártico podría convertirse en un nuevo núcleo geo-estratégico. La segunda consideración, obviamente, es el surgimiento de China, que Washington espera  contener controlando los “cuellos de botella” (tales como el Estrecho de Malaca) del que proceden suministros vitales para Pekín, y apoyándose en la India y Japón como contrapesos locales a la potencia china.

Pero la contención de China también pasa por África. En los últimos años, Beijing ha sido protagonista de una profunda y capilar penetración económica en el continente negro, basada en relaciones comerciales, de préstamos y ayudas consideradas más equitativas que las occidentales. La OTAN ha respondido con la creación de un comando especial militar Ad- Hoc, AFRICOM, y con una política agresiva. El ataque a Libia, un importante patrocinador de la Unión Africana, debe ser considerado en el contexto de la actual intervención armada francesa en Côte d’Ivoire, de la secesión de Sudán del Sur de la filo-china Jartum, y de los bombardeos de los aviones no tripulados norteamericanos en Somalia. Los atlantistas desean recuperar el África por la fuerza.

¿Por qué China causa tanto miedo? Militarmente esta todavía atrasada respecto de los EE.UU., especialmente en términos de capacidad ofensiva (o “proyección de poder”, como se dice eufemísticamente hoy en día) pero está dando pasos de gigante. Se las arregló para desarrollar un portaviones propio y un avión invisible propio: base “cualitativa” para una futura expansión “cuantitativa”. Pero es sobretodo en el plano económico donde Pekín mete miedo a Washington. Todos saben que China está creciendo a una velocidad vertiginosa y parece destinado a superar a los EE.UU.; pero el uso del engañoso PIB nominal lleva a creer que este evento es aún relativamente lejano en el tiempo. No es así. PIB a paridad de poder adquisitivo de China en 2010 equivalía al 70% del estadounidense. Estamos hablando de una diferencia de poco más de de 4000 millones de dólares internacionales: en la última década Pekín ha recuperado 2500 en relación a Washington. En esta década será aún más rápido, ya que la crisis mundial muerde más a los EE.UU que a China.

A pesar de predicciones de una desaceleración dramática en el crecimiento de China debido a la explosión de la burbuja inmobiliaria en el país, los datos se siguen mostrando tranquilizadores. Según el economista Attilio Folliero es una cuestión de esperar solo 5 o 6 años para que el PIB de China supere al de EE.UU.

Otra tendencia reforzada por la crisis financiera de 2008 es la regionalización económica. En los últimos meses hemos visto el nacimiento de la Unión Euroasiática, la CELC y la UNASUR, organizaciones que buscan respectivamente la integración de la ex Unión Soviética, de América Latina y de América del Sur. Se podría incluir a la Unión Africana, pero después de la muerte de Gadafi ésta se encuentra estancada. Y la Unión Europea, fundadora de los organismos integrados regionales, parece estar al punto de la implosión.

La tendencia hacia la regionalización es algo que ya se experimentó después de La Gran Depresión de 1929; e incluso luego de la anterior crisis de 1873. La crisis económica de 1873 marcó el comienzo de la llamada “edad del imperialismo” en el que las grandes potencias buscaban crear sus imperios coloniales parcialmente cerrados al comercio y a la inversión de los demás. En los años 30 del siglo pasado, Alemania creó un sistema de economía cerrada, basada en el trueque internacional en Europa Central y Oriental; mientras que Francia y Gran Bretaña engrandecían sus propios imperios y el Japón proponía una “esfera de co-prosperidad asiática”. Hoy en día, además de la creación de organismos regionales integrados, vemos que muchos países comienzan a equilibrar sus intercambios comerciales no más a través del dólar, sino a través de sus monedas nacionales: es el caso que se da entre Rusia y China o China y Japón. Se trata de un grave problema para los EE.UU que deben gran parte de su poder a lo que Henry Liu ha llamado “la hegemonía del dólar”. Después de Bretton Woods, los EE.UU han vinculado su moneda nacional al petróleo, logrando mantenerla como valor de reserva internacional, desligándose de la molestia que significaba de la convertibilidad al oro. Y así han podido, y pueden, imprimir papel y distribuirlo al mundo a cambio de bienes reales.

Idas y vueltas de la historia. Esta analogía entre la regionalización económica de hoy y la posterior a 1929 no es la única posible. Hoy, como entonces, vemos un creciente papel del Estado en la economía. Pero, también entonces como ahora, con modalidades y resultados diferentes. Algunos países como China hoy en día (y en cierta medida los EE.UU.), o Alemania y la URSS en aquel entonces, confían en políticas expansivas que, si no relanzan la economía, al menos la sostienen. Otros, como la Unión Europea, eligen en cambio una política depresiva. El Estado no interviene para proporcionar liquidez y estimular la economía: interviene en cambio para captar liquidez gravando a los productores para distribuir el dinero entre los grandes rentistas (en este caso, los bancos y los fondos) En el post-1929 esta política miope y corporativista llevó a la gran depresión. Que el 2012 será un año de recesión para gran parte de la UE, hasta ahora parece un hecho confirmado.

El año 1929, entre otras cosas, nos da otra lección: “lo peor no llega inmediatamente”. Wall Street se derrumbó en octubre de 1929, pero la quiebra del Creditanstalt (el hecho que precipitó la situación) data de 1931. El colapso de Wall Street es el final de 2008, pero parece que lo peor se viene ahora, en 2012.

Incluso había ilusos esperando que la Lehman Brothers hubiese sido la Creditanstalt de nuestros días, con consecuencias finalmente positivas sobre la economía global (si se lo compara con lo que sucedió hace 80 años)

Es cierto el dicho que reza: aquellos que no conocen la historia están condenados a repetirla. Pareciera que estamos asistiendo a una reedición de los acontecimientos posteriores a 1929. ¿Y queremos terminar de contar la historia? 1929 culminó finalmente en la Segunda Guerra Mundial. Aconsejo a nuestros dirigentes estudiar la historia, antes de que sea demasiado tarde para dar marcha atrás…

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